Sexualidad, orgullo LGTBI y diversidad funcional

Hace unos días fue la celebración del Orgullo, y con ese motivo, hoy os traigo un post que puede resultar cuanto menos polémico entre alguna gente que a mi parecer, le ha faltado oxigeno en el cerebro (os hablo de todas esas personas que creen que las personas con diversidad funcional no pueden entender o disfrutar de su sexualidad libremente como todo hijo de vecino). Para ello os voy a hablar de Bernarda (nombre ficticio), a quien le gusta la ropa masculina, pero necesita ayuda para ir a una tienda. Si a su familia no le parece bien la prenda que elige, no se la compran. Tiene cerca de 40 años y quiere teñirse el pelo. Tampoco puede. Su cuerpo no le responde y sus deseos se extinguen si, al verbalizarlos, sus padres se niegan a cumplirlos. Lo que jamás les ha confesado es que le atraen las chicas. Ella misma apenas sabe qué significa eso. Su armario tiene doble fondo, en uno guarda su homosexualidad. En el otro, su diversidad funcional intelectual.

“Mi familia no sabe que me gustan las mujeres y no creen que pueda tener pareja, porque voy en silla de ruedas. Mucha gente piensa que no nos podemos enamorar”. Lo cuenta por WhatsApp, teme que la oigan hablar por teléfono. Está convencida de que en casa no aceptarían su homosexualidad por los comentarios que escucha: “Si salen en la tele dos personas del mismo sexo besándose, sueltan que es desagradable. Y yo me callo”. Por su diversidad funcional intelectual y física Bernarda depende tanto de su entorno que le resultaría imposible dejarlo atrás y disfrutar su propia vida. Y la idea de no vivir con sus padres, le asusta. Pero la pandemia del Covid le ha regalado un pedacito de intimidad y algunas respuestas. Hace unos meses conoció a un chico que le habló del colectivo LGTBI, del grupo Diversxs y de charlas que organizaban orientadas a personas con discapacidad intelectual. Eran presenciales, así que ella no podía asistir. Hasta que el confinamiento les obligó a realizar de forma online esas reuniones. Fue entonces cuando Bernarda pudo participar, eso sí, a escondidas, encerrada en su cuarto y con cascos. “Yo apenas he tenido intimidad, no me tratan como a una adulta. Ahora para mí todo es nuevo. Estoy muy, muy contenta porque he conocido a gente con la que puedo charlar con confianza y sentirme yo. Solo quiero tener derecho a vivir mi vida. Como todo el mundo”.


Pero, ¿por qué a las personas con diversidad funcional intelectual les resulta más difícil salir del armario? “Hay que partir de una base: en la práctica todavía no tienen reconocidos algunos derechos en cuanto al acceso y al disfrute de su sexualidad”. José Jiménez, coordinador de proyectos de ciudadanía activa en la organización Plena Inclusión Madrid, cuenta que es el gran tabú. La sociedad les reconoce su derecho al ocio, al trabajo, a la educación y al voto. “Pero el que más se vulnera y en el que están en una situación de más desequilibrio con respecto a la población en general es el derecho a la sexualidad”. Ocurre, añade José, porque muchos pasan toda su vida con sus padres y les cuesta deshacerse del control y la sobreprotección familiar (algo por otra parte muy lógico). “Les condiciona mucho. Si en casa aceptan, bien. Si no, tenemos un problema gordo”.Además, les resulta más difícil acceder a la información: “Entender que te puede gustar una persona de tu mismo sexo y que no debes sentirte mal por ello es una barrera que tienen. Si no dispones de información, no sabes lo que te pasa y acabas pensando que la culpa la tienes tú”, explica Jiménez. Y a todo esto se suma que la sociedad les considera asexuados, se les infantiliza. 

Pilar Paje es socia de Adisli, asociación para la atención de personas con discapacidad intelectual, y su hija mayor tiene inteligencia límite. Como madre ha asistido a algunas charlas sobre sexualidad orientadas a padres y ha salido escandalizada: “Nos han llegado a decir que nuestros hijos ‘eran angelitos que no tenían sexo’. Y lo peor es que los únicos que no compartíamos esa visión éramos mi marido y yo. Hay padres que ni siquiera llevan a sus hijas al ginecólogo porque, como no tienen relaciones sexuales, ¿para qué? Luego pasa lo que pasa, que vienen embarazos no deseados, enfermedades o que se masturban en público. Hay un largo camino en las familias”.

Entender que son personas, y no "angelitos asexuados" debería ser algo lógico. Algo tan sencillo como preguntarles "¿A ti que te gusta?", puede estar mal visto, pero es lo correcto. Supongo que nos queda muchísimo por hacer, aunque espero que poco a poco las cosas vayan llendo a mejor, y es que como decían antes, hay un largo camino...

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