Recomendación Berete: El Club de la lucha

Hace como cosa de 21 años el narrador sin nombre de El club de la lucha, al que daba vida Edward Norton, le decía al espectador del 99: "Cuando la exploración del espacio profundo sea algo cotidiano serán las multinacionales las que lo bauticen todo. La esfera estelar IBM, la galaxia Microsoft, el planeta Starbucks...". Un breve speech que constataba la supremacía absoluta de una forma de entender el mundo que no había ganado la carrera espacial pero sí la conquista de cualquier espacio imaginable.

Una película que muchos y muchas ya habréis visto, que trata desde las enfermedades mentales, el insomnio, el temor al rechazo, la idea de la masculinidad tóxica, o el duelo por la perdida, además de todo el discurso político o de ideologías que tiene en su interior. Si no la habéis visto, deberíais, y si podéis, os recomiendo leer la novela en la que se basa.


El club de la lucha, a lo largo de los últimos veinte años, se ha convertido una de las adaptaciones literarias más discutidas e inteligentes que el cine contemporáneo ha ofrecido de una novela. Y como toda obra de culto, sobre ella han trascendido lecturas que viven en perpetua transformación. Ha costado veinte años que muchos analistas culturales empiecen a leer en la película de David Fincher algo más que una sátira del capitalismo tardío. 

"La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos", decía Durden ante un público de hombres semidesnudos y sudorosos que se habían reunido con el objetivo de pegarse de hostias. "Crecimos con una televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados". 

El protagonista entendía que la mejor forma de expresar su ira era ejerciendo la violencia entre sus semejantes primero, y contra las grandes corporaciones después. De hecho, todo culminaba con una revolución (exclusivamente masculina) que debía volar por los aires sedes bancarias para reiniciar la civilización. "No haces una tortilla sin romper algunos huevos", diría Tyler Durden. "Todo empezó con Marla", confiesa el narrador de El club de la lucha. 

Resulta que nuestro protagonista padecía insomnio y solo había encontrado un remedio: se colaba en grupos de alcohólicos anónimos, deudores y enfermos terminales. Y ante la desesperación de los demás, sus problemas parecían dejar de quitarle el sueño.

Una revelación que le llegó entre los enormes pechos de un hombre llamado Bob, que sufría de ginecomastia debido a un tratamiento hormonal y estaba en un grupo de cáncer testicular. Es decir, que acompañado de hombres a los que se les habían extirpado los genitales y lloraban por haber perdido el símbolo de su virilidad, el protagonista encontraba consuelo. Hasta que un buen día aparecía Marla Singer. Una mujer que, como él, también se colaba en grupos de ayuda para alimentarse de las miserias ajenas. "Ella lo arruinó todo", decía el narrador sobre la única presencia femenina de esta historia.

El encuentro, además, producía una negación de sentimientos (el narrador estaba enamorado de Marla), y posteriormente la aceptación de una figura autoritaria y viril en su vida: Tyler Durden. Alguien que, además de inmiscuirle en grupos no mixtos de hombres cabreados, le alentaba a cortar cualquier relación de afecto con esa mujer: "Es una depredadora haciéndose pasar por una gatita, aléjate de ella", le decía.


Y todo partiendo del hecho de que el personaje de Brad Pitt no existía (un "No me cuentes" con dos décadas de retraso). Tyler Durden era un trasunto del protagonista que habitaba su imaginación.

"Tengo el aspecto que deseas tener. Follo como deseas follar. Soy listo, competente y lo más importante, soy libre en todo lo que tú querrías hacer", escupía a la cara del espectador un personaje al frente de un proyecto terrorista megalómano. Sin embargo, tanto David Fincher como Chuck Palahniuk en su novela original, decidieron que ante lo inflamable del material narrativo su obligación como narradores era posicionarse con un juicio sobre lo narrado. Lejos de mantenerse equidistantes, propusieron una solución a todas luces drástica.

Aunque llegue tarde, Edward Norton se percata de la locura de la que es responsable. Él es Tyler Durden, pero no puede controlar a Tyler Durden. Nadie puede. La única forma de hacerlo es acabando con él: matar al macho alfa que lleva dentro es la última puerta abierta a la redención. El tipo que tenemos que aspirar a ser nos hace mucho daño, nos está jodiendo la vida. El protagonista acaba por pegarse un tiro por esa masculinidad. Sabe que no va a poder ser feliz si no se deshace de ella.

Eso es exactamente lo que hace el protagonista de El club de la lucha. Acabar con el mito de Tyler Durden y acercarse, precariamente, tras abrirse un boquete en el rostro, a Marla Singer. "Me has conocido en un momento extraño de mi vida", le susurraba. Veinte años después, se entiende el trasfondo de esa frase, dejando entrever que a veces y solo a veces, se necesita tocar fondo para arreglar tu vida, y tu salud mental, con la ayuda de ti mismo.

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2 Comentarios

  1. Todo un clásico del cine que, aún no hemos visto (hay que ponerle remedio pero ya, sobre todo después de leer una crítica como la tuya)

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    1. Sobre todo miradla con la mente abierta, tiene un sin fin de interpretaciones, y la verdad es que junto a 12 monos me parece la mejor película de Brad Pitt (está brutal)

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