Recomendación Berete: Mejor...Imposible

Recuerdo con mucho cariño esta película de la que os voy a hablar, ya que la vi varias veces en casa de mi abuelo (un gran fan de Jack Nicholson), y es que  "Mejor…imposlble" ("As Good as It Gets", del gran James L. Brooks (uno de los artífices de Los Simpson), y estrenada en 1997) no es el tipo de película que atrae a un gran público, y me llamó bastante la atención, y para bien he de decir. Su estilo más verbal que visual, su historia de buenos sentimientos y su condición de enésima historia de amor,  habría hecho que no me acercase a ella ni la tocase con un palo. Pero, es mucho más que una historia de amor o una comedia negra, o un melodrama, y es de esa clase de películas que pueden usarse como arma arrojadiza (retórica, claro) contra todos aquellos que claman contra la desaparición de cierto tipo de comedia dramática de calidad, una vez desaparecidos los grandes maestros. Como suele suceder, el talento está ahí, y si esta película se hubiera hecho en los años cincuenta y sesenta creo, sinceramente, que todos la recordaríamos como una de las más importantes comedias clásicas que se han visto. Pero vamos al lió, y es que nos interesa sobre todo lo relacionado con la diversidad funcional:


En "Mejor… imposible", hablamos de un escritor sin la menor crisis de creatividad (por lo que parece, prolífico y de éxito), cuyo mayor problema para escribir son los vecinos que vienen a incomodar con sus problemas. El extremo personaje de Melvin Udall, interpretado por Jack Nicholson, es uno de esos antihéroes a los que últimamente estamos tan acostumbrados en las ficciones norteamericanas, verdadero corazón de un relato inolvidable, que jamás confunde sentimentalismo con verdadera y mundana emoción, que absolutamente siempre se mantiene a la altura de la mirada humana, y que no por investigar en algunas de las miserias de la vida moderna pierde un ápice de luminosidad y verdad.

Hay dos razones por las que este drama con altas dosis de comedia negra se eleva muy por encima de propuestas similares en tono y ambición: su guión de hierro y su reparto sin fisuras. El guión, escrito al alimón por Brooks y Mark Andrus, que era el autor de la historia original, se zambulle con una lucidez inusitada en las vidas de tres personajes muy diferentes y maravillosamente bien escritos: el obsesivo-compulsivo, misántropo, casi ermitaño Melvin Udall; la camarera, madre soltera de un pequeño asmático y casi siempre enfermo, Carol Connelly; y el pintor homosexual, de doloroso pasado y terrible presente, Simon Bishop. Bishop y Udall son vecinos de edificio, y Udall es habitual comensal en el restaurante en el que trabaja Carol. Lo que altera, sin llegar a trastocar, las vidas del pintor y la camarera, es el comportamiento amoral de Udall, que comienza la película lanzando al vertedero al perro de su vecino Bishop. Un perro adorable, por cierto, que va a resultar un personaje muy importante en la historia. Pero lo que perturba las vidas de la pintora y el camarero son sendos desastres vitales en los que intervendrá, porque no tendrá más remedio (porque finalmente adora al perro y le encanta comer en el restaurante…) que echarles una mano.


Hay ciertos toques de diversidad funcional en en el comportamiento del trío protagonista, y es que la diversidad funcional (mal llamada discapacidad) como ya deberíais saber, no se limita solo a personas en silla de ruedas, o personas con enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer, y es que los tres protagonistas padecen alguna clase de trastorno: Melvin padece un trastorno obsesivo compulsivo y una ansiedad social que le ha llevado a recluirse casi por completo; Carol padece un trastorno por estrés debido a su trabajo, y Simon también padece de un trastorno por estrés debido a su condición sexual. 

Aun así, y aunque me resulta una de las mejores películas de Jack Nicholson, en ella hay también otras interpretaciones sublimes como: La camarera, interpretada por Helen Hunt que pese a la luz que ella es capaz de otorgarle, es una mujer al límite del cansancio y la desesperación, que además tiene que aguantar al tarado más insoportable de la ciudad (Udall/Nicholson) todos los días. Su drama, el de un hijo precioso que padece de un asma grave, pero que no puede acceder a buenos cuidados porque carecen del dinero para pagarlos, es una crítica brutal a ese chiste que es el sistema sanitario norteamericano, y Hunt es tan creíble en ese papel de madre desbordada, regala a la pantalla tal derroche de belleza, dignidad, vitalidad y frescura que hay que verlo para creerlo, o un Greg Kinnear, que hasta entonces había hecho muy pocas películas, y que clava un papel también muy difícil, porque en él se da la mano el patetismo con la reconciliación, el orgullo con el amor fraternal, el perdón, la aceptación, la madurez interior. Por eso este relato de buenos sentimientos, en que las diferencias y los complejos se superan para alcanzar una mejor comprensión del otro, no se queda en la típica cursilería. Se eleva hacia una hermosa representación de la soledad y la capacidad de sacrificio, en una ciudad que es más un crisol de múltiples posibilidades de abrirse a los demás, que una jaula en la que aislarse. 

Es una de mis películas favoritas, ya que trata sobre como tres desconocidos en una mala situación pueden llegar a ayudarse por el bien de su salud mental, mientras intentan luchar contra la lacra social que supone la soledad y el aislamiento.

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